domingo, 2 de junio de 2019

PERROS SALVAJES

Esa mañana a Marta le extrañó que Sebastián no estuviera allí para saludarla cuando bajó de su automóvil; había un poco de niebla y hacía frío;  pero igual siguió hacia  su oficina por las escaleras.
En su oficina estaban todos, tomando café y comentando sobre el fin de semana.
– ¡Buenos días!, ¿cómo pasaron el fin de semana? – dijo Marta al entrar y al unísono escuchó – ¡Buenos días! Bien, ¿y usted?
Marta soltó una carcajada y sonriendo contestó –Van a ser compadres. Yo lo pasé muy bien y pude descansar. ¡Ay! Me quemé, este café lo hicieron con candela – y después de beber un sorbo, preguntó – ¿alguno de ustedes ha visto a Sebastián? No lo veo desde el jueves.
Pedro y Maryluz, negaron con la cabeza.
– Yo tengo más de una semana que no lo veo – contestó José y se fue a su escritorio. – Yo igual – dijo Nohemí y continuó con su desayuno.
– Yo lo vi el jueves en la tarde cuando me iba para mi casa, estaba cerca de la iglesia, tratando de huir de la manada de perros callejeros que anda por ahí – respondió Carmen. – Esos a los que tú llamas “perros salvajes”; ¿y eso? ¿Por qué tanto interés en Sebastián?
– No sé, no lo vi el viernes y hoy tampoco, y aunque sé que no sigue su rutina habitual desde que se Ana María se fue, tengo una sensación extraña, como un presentimiento de que algo está mal – contestó Marta.
Sebastián, desde que Ana María lo adoptó hacía las veces de vigilante del viejo centro comercial en el que funcionaba la oficina donde Marta trabajaba; él era grande y fuerte, muy divertido, tenía una mancha que le cubría casi todo el rostro y contrastaba con su cabello blanco, vivía con Ana María y su hijo Jairo en la conserjería de aquel centro comercial. Y antes de que Ana María se regresara a su patria natal junto a su hijo para combatir el cáncer; Sebastián mantenía una rutina imperturbable: se levantaba temprano y salía a caminar por los alrededores del viejo centro comercial o simplemente corría para ejercitarse, entre las 7:30 y 8:00 am regresaba a casa a tomar agua, refrescarse y comer; y se encontraba con Marta que llegaba en su carro al estacionamiento del Centro Comercial donde quedaba la conserjería, ella siempre lo saludaba mientras bajaba de su automóvil  y subía las escaleras sin esperar respuesta. Él, por su parte, comenzaba su recorrido matutino por todas las áreas del viejo centro comercial. Al mediodía, Sebastián acompañaba a Jairo a su colegio, siempre jugando y corriendo; a media tarde hacia otro recorrido de vigilancia y para el final del día se le podía encontrar sentado en la puerta de la conserjería junto a Ana María. Sin embargo, desde la partida de Ana María, Sebastián pasaba mucho tiempo fuera del centro comercial y algunas veces se topaba con una manada de perros callejeros que acosaban a perros de distintas razas y a sus dueños sin piedad.  En más de una oportunidad, Marta vio como esos perros tenían acorralados a pastores alemanes, lobos y hasta pitbulls junto a sus dueños, sin que éstos últimos estuvieran en capacidad de salir al paso por temor a ser atacados. Otras veces, se iba al albergue de animales de una señora que apodaban "La Gallega" y jugueteaba con los perros y gatos que allí vivían.
Marta estuvo toda esa mañana tan ocupada registrando facturas de proveedores y atendiendo llamadas de clientes que nunca se levantó de su asiento ni para ir al baño. Al llegar la hora del almuerzo, no esperó ni un segundo para calentar su comida y salir a almorzar junto con Carmen. Mientras almorzaban y conversaban, comenzó a llover inclementemente y el ambiente se oscureció tanto que parecía que eran las seis de la tarde, lo que enmudeció a las mujeres y sólo se escuchaba el sonido de la lluvia golpeando los ventanales y el viento silbando a través de las ranuras. De pronto Carmen rompió el silencio:
 – "Llovía torrencialmente, y en la estancia del Horcón, como alumbrando el fogón, estaba toda la gente".  
– Hablando de historias misteriosas, y que el ambiente se presta para ellas, tengo el presentimiento de que a Sebastián le pasó algo – dijo Marta.
– Desde temprano estás con eso Marta. ¿Por qué lo crees? Y no me vengas con el cuento de que "es una sensación que tengo". Explícame con lujo de detalles, por qué crees que a Sebastián le pasó algo.
Y Marta respondió acercándose un poco a Carmen y bajando algo su tono de voz, lo que le daba un aire de misterio a la conversación – Bueno...yo vi a Sebastián el jueves en la tarde cuando me iba; pero no en el estacionamiento como acostumbro, sino cerca de la iglesia estaba huyendo de la manada de perros salvajes esa, corría como loco, jadeaba y tenía una mancha que me pareció sangre en el cuello; y hoy antes de llegar al estacionamiento vi a La Gallega y le pregunté por Sebastián.
– ¿Y qué te dijo La Gallega? – interrumpió Carmen con el mismo tono misterioso y algo de ansiedad.
– Que ella tampoco lo había visto desde el jueves en la mañana que comió en el albergue; y le preocupaba mucho porque le dejó comida el sábado en la puerta de la conserjería, y hoy la consiguió podrida; y, además, el fin de semana tuvo que recoger a sus perros porque los perros salvajes estaban como enloquecidos, atacando a todo el que se toparan en el camino - continuó Marta.
De pronto, Pedro y Nohemí interrumpieron la conversación, estaban alterados, sobresaltados y sudorosos con cara de asco; hablando al mismo tiempo, de forma incomprensible e incoherente. Y de repente se escuchó un grito: ¡Sebastián está muerto, está muerto!
Lo encontraron con el hocico destrozado, el cuello desgarrado y las patas traseras descuartizadas, lo reconocieron por su pelaje blanco y la mancha negra de la cara.

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