miércoles, 11 de septiembre de 2019

Acta de nacimiento en tres tiempos

     El martes 05 de junio de 2018, Alexia se levantó más temprano que de costumbre, el cielo todavía estaba oscuro y apenas se escuchaba  el ruido de unos carros a lo lejos, eran las 5 am. No obstante, igual cumplió con su rutina diaria: cepillarse los dientes, preparar el desayuno y el almuerzo de ella y de su hija, levantarla de la cama para que se alistara a ir al colegio mientras ella se bañaba, vestía y tomaba su taza de café.  Ese no era un día cualquiera, precisamente ese día a las 10 a.m. tenía la cita la oficina del SAREN (Servicio Autónomo de Registros y Notarías) ubicado en la Lebrún para legalizar el Acta de nacimiento de Irene, su hija; que tanto le había costado conseguir, ya que desde el pasado mes de abril las citas debían hacerse en línea en el portal web del SAREN. Pero antes debía pasar por la Prefectura de El Recreo en Sabana Grande retirando la copia certificada de la partida que debía legalizar; que se suponía debía estar lista dos semanas antes, exactamente el 25 de mayo.

     Cuarenta y cinco minutos más tarde, Alexia e Irene estaban saliendo de la casa rumbo al colegio y después Alexia seguiría sola hasta Caracas. Salvo por los 10 minutos de cola que siempre consigue en el trayecto de su casa al colegio y que ella aprovechaba para conversar con su hija; Alexia no tuvo ningún otro contratiempo camino a Caracas. Llegó temprano y pudo estacionar en el Parque del Este y se dirigió a la estación Miranda del Metro para ir a Sabana Grande. Al bajar las escaleras de la estación el panorama cambió, el aire era un poco rancio a pesar de lo temprano, el andén se encontraba atiborrado de gente en ambas direcciones; y Alexia que había perdido la práctica de usar el metro, sólo logró montarse en el tercer tren que llegó a la estación gracias a la ayuda de unos muchachos universitarios que la empujaron con su consentimiento para que pudiera entrar al vagón. Después de unos eternos 12 minutos, cargados de innumerables olores y un sinfín de desesperanzadoras conversaciones a medio oír, Alexia llegó a su destino: la estación de Sabana Grande.

     Una vez que salió de la estación del Metro a la superficie, se deleitó con la vista que tenía en frente, un amplio y limpio boulevard con muy poco tráfico de gente caminando por él, adornado con un hermoso cielo azul claro. Disfrutó su vista por escasos segundos y caminó a paso rápido hacia la prefectura; llegó a tiempo apenas la estaban abriendo y sólo tenía 2 personas delante de ella para que la atendieran. Eran las 8:30 de la mañana.

     Primer momento: La copia certificada no está

     Después de esperar 15 minutos para ser atendida, Alexia le mostró a la funcionaria su cedula de identidad y el comprobante de solicitud, en el que se leía “2 copias certificadas nacimiento, fecha a entregar 25 de mayo”, que eran los únicos requisitos necesarios para retirar las copias certificadas de un Acta de Nacimiento; por lo menos en esa Prefectura. La funcionaria, después de buscar entre un lote de papeles que tenía a su derecha le indicó que las copias certificadas no se encontraban en esa oficina, a lo que Alexia le contestó tratando de mantener una sonrisa en la cara pero con un tono bastante áspero: “Yo vine el lunes pasado, y le comenté que tenía cita para legalizar hoy 05 de junio, y usted me indicó que tenían problemas con la fotocopiadora pero que me viniera hoy que usted me solucionaría ese problema. ¿Qué pasó? No me pudo solucionar, ¿y ahora qué?, ¿voy a perder la cita que tanto me costó conseguir?".

     Para sorpresa de Alexia, la funcionaria muy cortésmente se disculpó y le explicó que los libros de esa Prefectura debido a filtraciones en los espacios del Archivo debieron ser mudados, y se encontraban en la prefectura de Altagracia desde hacía dos meses, y por el incremento en el volumen de las copias que se debían realizar en Altagracia, la fotocopiadora había colapsado 2 semanas antes. Y le estaba pidiendo que se esperará 5 minutos para darle el nombre de alguien, cuando fue interrumpida por una mujer morena, alta, bien vestida y con voz grave pero muy afectuosa, a quien después de saludar y llamarla María, le explicó el caso de Alexia.

     María volteó, dio los buenos días a Alexia y le pidió que la esperara 10 minutos, mientras ella subía y revisaba en su oficina, para ver si las copias que buscaba habían llegado en la tarde del día anterior. Alexia con una mueca de sonrisa y muchos ojos de esperanzas, asintió y se sentó a esperar. Pasados 20 minutos, Alexia preguntó a la primera funcionaria que la atendió, qué había pasado, que ya habían transcurrido mucho tiempo, y esta le contestó: “sube, probablemente se le olvidó que estabas aquí”.

     Alexia, salió de esa oficina, y subió por unas escaleras bastante deterioradas y algo oscuras al primer piso donde se encontraban la oficina de la Registradora de la Prefectura y de su asistente, María; quien al verla cariñosamente le dijo que no había conseguido las copias del acta de nacimiento; pero que había olvidado bajar a informarle; y le entregó de vuelta su comprobante de solicitud con su firma, indicándole que debía ir a los archivos de El Recreo en la Prefectura de Altagracia, y buscar a Marina Pérez para que le dieran las copias del acta de nacimiento y regresar antes de las 10 de la mañana con el fin de que la Registradora las pudiera certificar. Alexia, agradeció infinitamente, bajó las escaleras rápidamente, salió de la prefectura y corrió por el boulevard hasta la estación del Metro. 

     Esta vez no necesitó la ayuda de terceros para poder abordar el tren; en la siguiente estación (Plaza Venezuela) bajó un maremoto de gente y subió otro igual, y en el ínterin Alexia aprovechó para sentarse, cinco estaciones después había llegado a Capitolio, donde debía bajar para caminar tres cuadras hasta la Prefectura de Altagracia. El trayecto desde la estación a la prefectura lo realizó por la calle paralela a la Av. Baralt, a paso rápido esquivando alcantarillas, y toda clase de comerciantes transeúntes en menos de 10 minutos.

     Segundo momento: Pagar dos veces por las copias certificadas.

     Una vez que entró a la prefectura de Altagracia, le indicaron donde se encontraban los archivos de El Recreo y allá se dirigió. Al final de aquella casa muy de la época de Guzmán Blanco, que servía de sede a la prefectura de Altagracia, se encontraba el archivo de El Recreo, una habitación muy luminosa y atiborrada de libros muy grandes, gruesos y viejos en su mayoría, con solo tres personas en su interior: un señor de franela marrón al que Alexia ya había visto en la prefectura de El Recreo, y al igual que ella también estaba buscado las copias de un acta para certificarlas, y dos chicas que trabajaban allí; una de ellas era Marina Pérez, a quien Alexia entregó el comprobante de solicitud. Marina buscó el libro donde se encontraba inserta el acta de nacimiento de Irene y le informó que el costo de cada copia era 100 mil bolívares.

     A lo que el señor dijo para sí mismo pero en voz alta y con tono quejoso: “¿Cómo es posible que uno tenga que pagar dos veces por unas copias certificadas? La primera al solicitarlas y la segunda para que te las terminen de entregar”. Alexia sólo se atrevió a preguntar si podía cancelarlo con tarjeta de débito; a lo que Marina contestó afirmativamente, tomó los libros y salió rumbo a un local cercano en donde sacaban las copias fotostáticas. 10 minutos después ya Alexia tenía en su poder las dos copias del acta de nacimiento y sólo le quedaba regresar a El Recreo buscar la certificación y tratar de llegar a la oficina del Saren del otro lado de la ciudad. El recorrido de regreso sería el mismo: tres cuadras hasta la estación de Capitolio, el viaje en el Metro hasta la estación de Sabana Grande y caminar una cuadra hasta la prefectura del Recreo; sólo que esta vez no apelaba a la buena suerte sino que le imploraba a cuanto santo habido y por haber existía para que el recorrido en el Metro no tuviera ningún contratiempo; y las oraciones como que se oyeron porque logró llegar a la prefectura de El Recreo antes de las 10 a.m.

     Tercer momento de la travesía: Atención al público hasta la 1 de la tarde.

     Aunque la cita de Alexia en el Saren era a las 10 de la mañana, y a esa hora ella todavía estaba en Sabana Grande esperando terminaran de firmar la certificación. Al momento que le entregaron sus copias certificadas corrió a la estación del Metro para ir al Saren con la esperanza de llegar lo suficientemente temprano para ser atendida; de lo contrario se vería obligada a dejar transcurrir 2 meses para volver a solicitar una cita o dirigirse a la sede principal del Saren en La Castellana a solicitar la anulación de la cita no asistida, y según lo que había escuchado era que se podía perder todo el día haciendo cola para que te atendieran en el Saren de La Castellana. Así que 8 estaciones más tarde, ella bajaba del Metro en la estación Petare y caminaba 2 cuadras y media hasta la oficina del Saren; preguntó a un funcionario en la puerta, y éste le indicó que debía esperar para ser atendida y le señaló una cola de gente escaleras abajo. Alexia, al ver el tamaño de la cola suspiró, vio que el reloj marcaba las 11:10 y agradeció el poder ser atendida a pesar de lo tarde.

     Mientras esperaba entró a una tienda de conveniencia que está ahí mismo, la recorrió como si fuera un centro comercial para despejar la mente y matar el tiempo, y compró un paquete de yuca frita para ahuyentar el hambre que estaba haciendo su aparición,  ya eran casi las 12 del mediodía. Salió y fue hacia su puesto en la fila, cuando el paquete ya estaba prácticamente vacío, se acercó un funcionario dando las instrucciones a seguir para la entrega de los documentos a legalizar y los dirigió hasta las oficinas del organismo público propiamente dichas. Una vez que entraron, siguieron haciendo una fila, la diferencia era que el calor disminuía significativamente por la presencia de aires acondicionados. 

     Después de casi 45 minutos más tarde, Alexia fue atendida por un joven bastante amable, quien le indicó que no debía cancelar nada en el banco por tratarse de unos documentos de una menor; pero que igual debía sacar dos copias a la documentación y entregarla en la taquilla 10 y después de 3 días hábiles debía regresar a buscar sus copias certificadas ya legalizadas; Alexia agradeció y salió corriendo hacia el local más  vacío en el que realizaran fotocopias, consiguió una en el que sólo había una persona, preguntó el costo de las mismas y sorprendida por lo económico del precio preguntó si podía cancelar con tarjeta de débito; la respuesta fue negativa, a lo que Alexia contestó sonriendo “ya veo por qué son tan baratas”, y pagó las copias.

    Con las fotocopias en las manos, subió corriendo las escaleras que daban a la oficina del Saren, para entregar la planilla de derechos arancelarios y sus copias en la taquilla 10, cuando el funcionario que se encontraba en la puerta le dijo: —”Disculpe señora, no puede entrar, aquí se atiende al público hasta la 1 de la tarde, regrese mañana a primera hora y venga directo a la taquilla 10. Que tenga buenas tardes”.

domingo, 2 de junio de 2019

PERROS SALVAJES

Esa mañana a Marta le extrañó que Sebastián no estuviera allí para saludarla cuando bajó de su automóvil; había un poco de niebla y hacía frío;  pero igual siguió hacia  su oficina por las escaleras.
En su oficina estaban todos, tomando café y comentando sobre el fin de semana.
– ¡Buenos días!, ¿cómo pasaron el fin de semana? – dijo Marta al entrar y al unísono escuchó – ¡Buenos días! Bien, ¿y usted?
Marta soltó una carcajada y sonriendo contestó –Van a ser compadres. Yo lo pasé muy bien y pude descansar. ¡Ay! Me quemé, este café lo hicieron con candela – y después de beber un sorbo, preguntó – ¿alguno de ustedes ha visto a Sebastián? No lo veo desde el jueves.
Pedro y Maryluz, negaron con la cabeza.
– Yo tengo más de una semana que no lo veo – contestó José y se fue a su escritorio. – Yo igual – dijo Nohemí y continuó con su desayuno.
– Yo lo vi el jueves en la tarde cuando me iba para mi casa, estaba cerca de la iglesia, tratando de huir de la manada de perros callejeros que anda por ahí – respondió Carmen. – Esos a los que tú llamas “perros salvajes”; ¿y eso? ¿Por qué tanto interés en Sebastián?
– No sé, no lo vi el viernes y hoy tampoco, y aunque sé que no sigue su rutina habitual desde que se Ana María se fue, tengo una sensación extraña, como un presentimiento de que algo está mal – contestó Marta.
Sebastián, desde que Ana María lo adoptó hacía las veces de vigilante del viejo centro comercial en el que funcionaba la oficina donde Marta trabajaba; él era grande y fuerte, muy divertido, tenía una mancha que le cubría casi todo el rostro y contrastaba con su cabello blanco, vivía con Ana María y su hijo Jairo en la conserjería de aquel centro comercial. Y antes de que Ana María se regresara a su patria natal junto a su hijo para combatir el cáncer; Sebastián mantenía una rutina imperturbable: se levantaba temprano y salía a caminar por los alrededores del viejo centro comercial o simplemente corría para ejercitarse, entre las 7:30 y 8:00 am regresaba a casa a tomar agua, refrescarse y comer; y se encontraba con Marta que llegaba en su carro al estacionamiento del Centro Comercial donde quedaba la conserjería, ella siempre lo saludaba mientras bajaba de su automóvil  y subía las escaleras sin esperar respuesta. Él, por su parte, comenzaba su recorrido matutino por todas las áreas del viejo centro comercial. Al mediodía, Sebastián acompañaba a Jairo a su colegio, siempre jugando y corriendo; a media tarde hacia otro recorrido de vigilancia y para el final del día se le podía encontrar sentado en la puerta de la conserjería junto a Ana María. Sin embargo, desde la partida de Ana María, Sebastián pasaba mucho tiempo fuera del centro comercial y algunas veces se topaba con una manada de perros callejeros que acosaban a perros de distintas razas y a sus dueños sin piedad.  En más de una oportunidad, Marta vio como esos perros tenían acorralados a pastores alemanes, lobos y hasta pitbulls junto a sus dueños, sin que éstos últimos estuvieran en capacidad de salir al paso por temor a ser atacados. Otras veces, se iba al albergue de animales de una señora que apodaban "La Gallega" y jugueteaba con los perros y gatos que allí vivían.
Marta estuvo toda esa mañana tan ocupada registrando facturas de proveedores y atendiendo llamadas de clientes que nunca se levantó de su asiento ni para ir al baño. Al llegar la hora del almuerzo, no esperó ni un segundo para calentar su comida y salir a almorzar junto con Carmen. Mientras almorzaban y conversaban, comenzó a llover inclementemente y el ambiente se oscureció tanto que parecía que eran las seis de la tarde, lo que enmudeció a las mujeres y sólo se escuchaba el sonido de la lluvia golpeando los ventanales y el viento silbando a través de las ranuras. De pronto Carmen rompió el silencio:
 – "Llovía torrencialmente, y en la estancia del Horcón, como alumbrando el fogón, estaba toda la gente".  
– Hablando de historias misteriosas, y que el ambiente se presta para ellas, tengo el presentimiento de que a Sebastián le pasó algo – dijo Marta.
– Desde temprano estás con eso Marta. ¿Por qué lo crees? Y no me vengas con el cuento de que "es una sensación que tengo". Explícame con lujo de detalles, por qué crees que a Sebastián le pasó algo.
Y Marta respondió acercándose un poco a Carmen y bajando algo su tono de voz, lo que le daba un aire de misterio a la conversación – Bueno...yo vi a Sebastián el jueves en la tarde cuando me iba; pero no en el estacionamiento como acostumbro, sino cerca de la iglesia estaba huyendo de la manada de perros salvajes esa, corría como loco, jadeaba y tenía una mancha que me pareció sangre en el cuello; y hoy antes de llegar al estacionamiento vi a La Gallega y le pregunté por Sebastián.
– ¿Y qué te dijo La Gallega? – interrumpió Carmen con el mismo tono misterioso y algo de ansiedad.
– Que ella tampoco lo había visto desde el jueves en la mañana que comió en el albergue; y le preocupaba mucho porque le dejó comida el sábado en la puerta de la conserjería, y hoy la consiguió podrida; y, además, el fin de semana tuvo que recoger a sus perros porque los perros salvajes estaban como enloquecidos, atacando a todo el que se toparan en el camino - continuó Marta.
De pronto, Pedro y Nohemí interrumpieron la conversación, estaban alterados, sobresaltados y sudorosos con cara de asco; hablando al mismo tiempo, de forma incomprensible e incoherente. Y de repente se escuchó un grito: ¡Sebastián está muerto, está muerto!
Lo encontraron con el hocico destrozado, el cuello desgarrado y las patas traseras descuartizadas, lo reconocieron por su pelaje blanco y la mancha negra de la cara.

sábado, 19 de enero de 2019

Restropectiva


      Ella despertó temprano esa mañana, a pesar de que la noche anterior se había acostado tarde y con unas cuantas cervezas encima; eran alrededor de las seis por lo clara que estaba su habitación. Como era sábado decidió quedarse en cama, encendió el televisor y cambió canales buscando algún programa bueno para ver, hasta que se detuvo en un programa de emergencias veterinarias; pero después de transcurridos unos minutos no le prestó mayor atención y se zambulló en sus pensamientos y en rememorar  la noche anterior, tenía tanto tiempo que no disfrutaba de una buena charla con un viejo amigo bebiendo unas cervezas, que se llenaba de placer sólo con recordar el gozo que le produjo ese simple evento.

       Habían transcurridos tantos años desde que se miraron por primera vez, al menos eran unos veinticinco años. Y aunque durante todo ese tiempo siempre se mantuvieron en contacto con un montón de vivencias, anécdotas, favores de ida y de vuelta, recuerdos  y hasta una hija en común; ella nunca notó cuanto él había cambiado en todos esos años.

       Cuando ellos se conocieron, ella tendría unos 22 años de edad, trabajaba como auditor en un banco en la capital, estudiaba de noche en la Universidad y vivía en las afueras de Caracas, eso que ahora llaman “la Gran Caracas”; él por su parte, apenas había terminado el bachillerato y como había dejado embarazada a su novia del liceo (con quien vivía) trabaja como chofer de transporte público en una de las líneas suburbanas. Desde la perspectiva de ella en aquellos años, él era un tipo de 25 años, arrejuntado en casa de su suegra, con una hija, mujeriego y sin ninguna meta en la vida más que vivir bajo el principio de aquel  famoso personaje de telenovela  Eudomar Santos: “como vaya viniendo, vamos viendo”; en otras palabras un bueno para nada. Mientras que ella, por el contrario, desde muy joven tuvo muy claras sus metas y lo que quería para su vida: graduarse de licenciada, ser bilingüe inglés-español, ocupar una posición en una empresa de renombre, y al final, después de logrado todo lo anterior, formaría una familia; pero jamás con un hombre como él.

       En ese ir y venir entre sus recuerdos cercanos y lejanos, ella cayó en cuenta que tenía 12 años, la edad de su hija, que no salía con él. Y que, además, nunca antes habían conversado tanto tiempo como amigos, como viejos amigos. Nunca antes ellos habían salido a tomarse unas cervezas sin ningun otro interes que el de compartir y disfrutar de una buena conversación. Cuando ellos se frecuentaban, siempre se tomaban unas dos o tres cervezas en algún lugar como un abreboca, para terminar su velada en un cuarto de hotel, por lo que sus temas de conversación no eran precisamente sobre sus metas, sus sueños, sus esperanzas y planes; más bien eran un jugueteo constante del doble sentido para pasar sutilmente de unas cervezas a un cuarto de hotel. La verdad es que durante todos esos años, aunque él había cambiado bastante, ella nunca lo había notado; hasta ese momento que rememoraba su encuentro de la noche anterior.

       – "¡Que gran sorpresa la que me ha dado Franklin! Nunca me imaginé que tuviésemos tantas cosas en común y que nuestros planes a futuro se parecieran  tanto” – pensó ella mientras, cambiaba canales a diestra y siniestra con el control de la televisión. – “¡Cuánto ha crecido!, ya no es ni la sombra del hombre que yo conocí. Ahora es un tipo echado pa´lante, que logra lo que se propone, que sabe que es lo que quiere en la vida. Ahora es tan similar a mi, tan parecido al hombre que quiero para mi, que si no fuera porque está casado, lo estaría llamando para pedirle que me acompañe en la aventura del resto mi vida” – se decía ella mentalmente, mientras se le dibujaba en el rostro una sonrisa pícara.


NOTA DE AGRADECIMIENTO


El mensajero le entregó el paquete que estaba esperando, era temprano en la tarde; y como ella estaba muy ocupada preparando unos reportes y entrenando a su sucesora en el cargo, sólo se limitó a enviarle un SMS con un simple: “Gracias!!!

Habrían transcurrido apenas unos cinco minutos cuando sonó el tono de mensajes de su celular, lo tomó y leyó la respuesta a su mensaje: “Te lo regalo! Consérvalo como un recuerdo mío”, y lo volvió a dejar sobre el escritorio para terminar de enviar un correo importante; pero, sintió que se le atropellaban las palabras para responder el mensaje, por lo que tomó su celular  y comenzó:

Cómo que un recuerdo tuyo??? No necesito un libro para recordarte, aunque te agradezco y me encanta el gesto. Y no necesito nada para recordarte, porque simplemente te llevo conmigo en mi memoria y mi ser. Pues desde la primera vez que entraste a mi vida me has dado motivos suficientes para no olvidarte nunca, y por los cuales te estoy infinitamente agradecida. Gracias a ti me encontré nuevamente a mí misma, me conecté de nuevo con ese ser que soy y que, por distintos motivos,  olvidé que era o relegué a un segundo plano. También me enseñaste lo que es ser herido por alguien especial y cómo recuperarme sin rencores. Y el encontrarnos nuevamente me permitió saber a ciencia cierta que soy capaz de perdonar; pero a perdonar de verdad. Durante todo este tiempo después de que nos encontramos nuevamente,  has redimido tu culpa y te convertiste, sin saberlo, en mi fuente de inspiración para originar un montón de cambios en mi persona. Tengo tantas cosas que agradecerte, aunque tú creas que es al revés. Eres un hombre muy especial, al que quiero y aprecio mucho de una manera que se me hace difícil de explicar. Tu simple existencia en el camino de mi vida es más que suficiente para recordarte

Y aunque todas esas palabras  y frases, le venían a la mente de una manera avasallante, que le humedecían la mirada y le oprimían el pecho, no fue capaz de escribir ninguna de esas frases ni ninguna otra; sólo releyó el mensaje, sonrío y colocó nuevamente el celular en el escritorio, quedándose  con todas esas frases dandole vueltas en la cabeza y con los sentimientos alborotados, pero sin hacérselos saber a él.

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