Todas las tardes ella iba ese pequeño café de la esquina, a disfrutar de un delicioso Capuchino doble y de la vista que le brindaba aquel lugar. Siempre se sentaba en el mismo lugar, una pequeña mesa en la esquina del fondo desde la que podía visualizar todo lo que acontece dentro del local y en la acera del frente, gracias al gran ventanal que funcionaba como pared.
El café de la tarde era todo un ritual para ella, invariablemente llegaba a las 3 de la tarde, con una gran sonrisa y su “buenas tardes”, pedía un capuchino doble y un par de galletas de avena con pasas y se sentaba en aquella mesita del fondo. Y entre sorbo y sorbo, alzaba su mirada y se deleitaba observando a las personas a su alrededor: la pareja de ancianos que cada tarde coincidía con ella en aquel lugar, el trío de hermanitas que salían de su clase de ballet y compraban galletas para llevar todos los martes y jueves, el joven de la peluquería de enfrente que con la excusa de comprar el café para su jefa se le acercaba con no más que un simple saludo y un muy finado piropo. Cada día, Maité, imaginaba una nueva historia para cada uno de los asiduos al lugar mientras disfrutaba de su café y sus galletas; la verdad es que ella no sabía a ciencia cierta qué le causaba mayor placer, si su gran capuchino o imaginar una historia distinta para cada una de las personas que visitaban el lugar.
Aquella tarde fue diferente, un joven de cabello negrísimo como el azabache, tez morena y amplia sonrisa entró al lugar; era la primera vez que ella lo veía en los dos años que llevaba frecuentando el lugar. Justo al entrar sus miradas se cruzaron y él le sonrió, ella hizo un leve intento de esconderse detrás de la gran taza, pero su curiosidad fue mayor y lo siguió con la mirada. Él pidió un latte grande y un trozo de pastel, y se sentó en una mesa cercana a ella, que aunque no estaba en frente, ella podía observar cualquier mínimo movimiento que él hiciera. Mientras él degustaba su pastel y tomaba su latte, ella lo observaba detenidamente. Tenía una camisa impecablemente blanca, de cuello y mangas largas, pero arremangadas a tres cuartos, un pantalón jean negro y unos mocasines oscuros; una mirada penetrante y segura y una sonrisa maravillosamente amplia que le brindaba una calidez y un atractivo sin igual. Su perfume inundaba el salón, era fuerte como el mar con ligeros toques de madera, que inmediatamente la embargó causándole un sinfín de sensaciones. Sus manos pequeñas y delicadas aunque muy masculinas, y una voz...la voz.
Nuevamente cruzaron miradas, pero en esta oportunidad ninguno de los dos la esquivó. Se miraron por un largo rato, el suficiente para reconocerse, encontrarse, acariciarse, besarse, amarse, todo en una simple pero profunda mirada. Ninguno de los dos cruzó palabra alguna; ella terminó su café, se levantó y marchó, ofreciéndole una dulce y tierna sonrisa que era casi una invitación a encontrarse nuevamente. Él la siguió con la mirada hasta que la puerta cerró detrás de ella.
Y al día siguiente, como todas las tardes, nuevamente Maité se dispuso cómodamente en la pequeña mesa del fondo a tomarse su café.