Ella
despertó temprano esa mañana, a pesar de que la noche anterior se había
acostado tarde y con unas cuantas cervezas encima; eran alrededor de las seis
por lo clara que estaba su habitación. Como era sábado decidió quedarse en
cama, encendió el televisor y cambió canales buscando algún programa bueno para
ver, hasta que se detuvo en un programa de emergencias veterinarias; pero
después de transcurridos unos minutos no le prestó mayor atención y se zambulló
en sus pensamientos y en rememorar la noche anterior, tenía tanto tiempo
que no disfrutaba de una buena charla con un viejo amigo bebiendo unas
cervezas, que se llenaba de placer sólo con recordar el gozo que le produjo ese
simple evento.
Habían
transcurridos tantos años desde que se miraron por primera vez, al menos eran
unos veinticinco años. Y aunque durante todo ese tiempo siempre se mantuvieron
en contacto con un montón de vivencias, anécdotas, favores de ida y de vuelta,
recuerdos y hasta una hija en común; ella nunca notó cuanto él había
cambiado en todos esos años.
Cuando
ellos se conocieron, ella tendría unos 22 años de edad, trabajaba como auditor
en un banco en la capital, estudiaba de noche en la Universidad y vivía en las
afueras de Caracas, eso que ahora llaman “la Gran Caracas”; él por su parte,
apenas había terminado el bachillerato y como había dejado embarazada a su
novia del liceo (con quien vivía) trabaja como chofer de transporte público en
una de las líneas suburbanas. Desde la perspectiva de ella en aquellos años, él
era un tipo de 25 años, arrejuntado en casa de su suegra, con una hija,
mujeriego y sin ninguna meta en la vida más que vivir bajo el principio de
aquel famoso personaje de telenovela
Eudomar Santos: “como vaya viniendo, vamos viendo”; en otras
palabras un bueno para nada. Mientras que ella, por el contrario, desde muy
joven tuvo muy claras sus metas y lo que quería para su vida: graduarse de
licenciada, ser bilingüe inglés-español, ocupar una posición en una empresa de
renombre, y al final, después de logrado todo lo anterior, formaría una
familia; pero jamás con un hombre como él.
En ese ir
y venir entre sus recuerdos cercanos y lejanos, ella cayó en cuenta que tenía
12 años, la edad de su hija, que no salía con él. Y que, además, nunca antes
habían conversado tanto tiempo como amigos, como viejos amigos. Nunca antes
ellos habían salido a tomarse unas cervezas sin ningun otro interes que el de
compartir y disfrutar de una buena conversación. Cuando ellos se frecuentaban,
siempre se tomaban unas dos o tres cervezas en algún lugar como un abreboca,
para terminar su velada en un cuarto de hotel, por lo que sus temas de
conversación no eran precisamente sobre sus metas, sus sueños, sus esperanzas y
planes; más bien eran un jugueteo constante del doble sentido para pasar
sutilmente de unas cervezas a un cuarto de hotel. La verdad es que durante
todos esos años, aunque él había cambiado bastante, ella nunca lo había notado;
hasta ese momento que rememoraba su encuentro de la noche anterior.
–
"¡Que gran sorpresa la que me ha dado Franklin! Nunca me imaginé que
tuviésemos tantas cosas en común y que nuestros planes a futuro se parecieran
tanto” – pensó ella mientras, cambiaba canales a diestra y siniestra con
el control de la televisión. – “¡Cuánto ha crecido!, ya no es ni la sombra del
hombre que yo conocí. Ahora es un tipo echado pa´lante, que logra lo que se
propone, que sabe que es lo que quiere en la vida. Ahora es tan similar a mi,
tan parecido al hombre que quiero para mi, que si no fuera porque está casado,
lo estaría llamando para pedirle que me acompañe en la aventura del resto mi
vida” – se decía ella mentalmente, mientras se le dibujaba en el rostro una
sonrisa pícara.
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