sábado, 19 de enero de 2019

Restropectiva


      Ella despertó temprano esa mañana, a pesar de que la noche anterior se había acostado tarde y con unas cuantas cervezas encima; eran alrededor de las seis por lo clara que estaba su habitación. Como era sábado decidió quedarse en cama, encendió el televisor y cambió canales buscando algún programa bueno para ver, hasta que se detuvo en un programa de emergencias veterinarias; pero después de transcurridos unos minutos no le prestó mayor atención y se zambulló en sus pensamientos y en rememorar  la noche anterior, tenía tanto tiempo que no disfrutaba de una buena charla con un viejo amigo bebiendo unas cervezas, que se llenaba de placer sólo con recordar el gozo que le produjo ese simple evento.

       Habían transcurridos tantos años desde que se miraron por primera vez, al menos eran unos veinticinco años. Y aunque durante todo ese tiempo siempre se mantuvieron en contacto con un montón de vivencias, anécdotas, favores de ida y de vuelta, recuerdos  y hasta una hija en común; ella nunca notó cuanto él había cambiado en todos esos años.

       Cuando ellos se conocieron, ella tendría unos 22 años de edad, trabajaba como auditor en un banco en la capital, estudiaba de noche en la Universidad y vivía en las afueras de Caracas, eso que ahora llaman “la Gran Caracas”; él por su parte, apenas había terminado el bachillerato y como había dejado embarazada a su novia del liceo (con quien vivía) trabaja como chofer de transporte público en una de las líneas suburbanas. Desde la perspectiva de ella en aquellos años, él era un tipo de 25 años, arrejuntado en casa de su suegra, con una hija, mujeriego y sin ninguna meta en la vida más que vivir bajo el principio de aquel  famoso personaje de telenovela  Eudomar Santos: “como vaya viniendo, vamos viendo”; en otras palabras un bueno para nada. Mientras que ella, por el contrario, desde muy joven tuvo muy claras sus metas y lo que quería para su vida: graduarse de licenciada, ser bilingüe inglés-español, ocupar una posición en una empresa de renombre, y al final, después de logrado todo lo anterior, formaría una familia; pero jamás con un hombre como él.

       En ese ir y venir entre sus recuerdos cercanos y lejanos, ella cayó en cuenta que tenía 12 años, la edad de su hija, que no salía con él. Y que, además, nunca antes habían conversado tanto tiempo como amigos, como viejos amigos. Nunca antes ellos habían salido a tomarse unas cervezas sin ningun otro interes que el de compartir y disfrutar de una buena conversación. Cuando ellos se frecuentaban, siempre se tomaban unas dos o tres cervezas en algún lugar como un abreboca, para terminar su velada en un cuarto de hotel, por lo que sus temas de conversación no eran precisamente sobre sus metas, sus sueños, sus esperanzas y planes; más bien eran un jugueteo constante del doble sentido para pasar sutilmente de unas cervezas a un cuarto de hotel. La verdad es que durante todos esos años, aunque él había cambiado bastante, ella nunca lo había notado; hasta ese momento que rememoraba su encuentro de la noche anterior.

       – "¡Que gran sorpresa la que me ha dado Franklin! Nunca me imaginé que tuviésemos tantas cosas en común y que nuestros planes a futuro se parecieran  tanto” – pensó ella mientras, cambiaba canales a diestra y siniestra con el control de la televisión. – “¡Cuánto ha crecido!, ya no es ni la sombra del hombre que yo conocí. Ahora es un tipo echado pa´lante, que logra lo que se propone, que sabe que es lo que quiere en la vida. Ahora es tan similar a mi, tan parecido al hombre que quiero para mi, que si no fuera porque está casado, lo estaría llamando para pedirle que me acompañe en la aventura del resto mi vida” – se decía ella mentalmente, mientras se le dibujaba en el rostro una sonrisa pícara.


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